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lunes

Les charmes de la nuit


Besar tu frente,
tu frente sin cruz.


Vivimos olvidando nuestras metamorfosis
El día es perezoso pero la noche activa
El día un tazón de aire y la noche lo filtra
Y lo usa y no deja polvo sobre nosotros

Pero este eco que rueda a lo largo del día
Eco fuera del tiempo de angustia o de caricias
Seco encadenamiento de los mundos insípidos
Y mundos sensibles cuyo sol es doble

Estamos cerca o lejos de la conciencia nuestra
Donde están nuestros límites y raíces y fin

Pero el largo placer de las metamorfosis
Esqueletos irguiéndose en los muros pudriéndose
Las citas dadas a las formas insensatas
A la carne ingeniosa a los ciegos videntes

Las citas dadas por el frente al perfil
Por el sufrimiento a la salud por la luz
A la selva por la montaña al valle
Por la mina a la flor y por la perla al sol

Estamos cuerpo a cuerpo a ras de tierra estamos
Nacemos dondequiera no conocemos límites.

Paul Éluard


(Aquí uno de mis poemas favoritos)

miércoles

Je vais vers ma mort


"Tú, Tania, eres mi caos"




He envejecido dentro de tus ojos; eras la dulzura y el exterminio

y yo amé tu cuerpo en sus frutos nocturnos.
Tu inocencia es como un cuchillo delante de mi
rostro,
pero tu pesas en mi corazón y, como una miel oscura,
yo te siento en mis labios al ir hacia la muerte.

Antonio Gamoneda


*Clara y yo nos vamos al sur. Elegimos vivir, dejarnos llevar.

martes

Cap ou pas cap?


FAIS-MOI LIBRE





Libérate,

Vence a tu cuerpo

limitado por el tedio.

Quédate atrás,

no lo pienses,

quédate.

No te dejes engañar

por aquellos

que dicen no tener tiempo

para la vida

y déjate querer.

Observa el ángulo

de las sombras

extenderse

hacia la noche

y ven a mí,

libérate,

sé mi religión

pero no mi límite.

Hazme libre,

quédate.


Odile




De ser un MONOSÍLABO




El primer recuerdo que tuvo Mono fue el de una humillación. Era verano en 1985 y Mono tenía siete años. Los niños de su misma edad correteaban por la piscina de su urbanización con bañadores de proporciones minúsculas que dejaban ver sus frágiles miembros moverse grácilmente por el césped. Parecían felices mientras jugaban a buscar cosas bajo el agua. Mono los observaba desde su toalla de los Teleñecos. Tenía miedo a la piscina porque le recordaba al océano y temía al océano porque temía ahogarse. No sabía nadar. Además Mono, era obeso y sus únicos amigos eran los libros de Julio Verne y los Bollicao de chocolate. Aquella tarde Mono decidió acercarse a la piscina. Acababa de leer Veinte mil leguas de viaje submarino y comenzaba a no tener miedo al océano. Mono se situó en bordillo de la piscina con sus ojos fijos en la superficie acuosa. En ese momento los demás niños, antes inmersos en el juego, optaron por la destrucción y se dirigieron a Mono sin que éste los viera. Iban en manada, como las fieras cuando salen a cazar por la selva. Mono era la presa, su víctima más próxima. Dos de ellos lo sujetaron por los brazos mientras un tercero le quitaba el bañador. Después, lo arrojaron al agua desnudo. Mono recuerda la proximidad de la muerte. También recuerda las manos de la mujer que le salvó la vida; eran suaves y se hundían en la voluptuosidad de su carne. Más adelante, a los doce, recordaría ese tacto y tendría su primera erección.
Mono ahora tiene treinta y cinco años, estudia Filosofía en la Facultad de Letras. Nunca asiste a clase, y si asiste es sólo para ver las piernas de las jóvenes que acuden a diario. Tras una adolescencia llena de erecciones, eyaculaciones y citas con Jenna Jameson a la hora del crepúsculo, Mono se siente hastiado y sólo encuentra consuelo en el whisky. Hoy es su primer día. Comienza el segundo año de carrera. Piensa en Nietzsche, también en Jenna Jameson. Intenta recordar aquellas manos bajo el agua, el primer beso en un Mc Donalds desértico, el sonido de las cremalleras al bajarse, la atmósfera de un cine porno. Acaba de observar a dos adolescentes que no deben tener más de diecinueve años. Se sienta junto a ellas. Tiene una erección pero intenta contenerse. Se contiene. Mira fijamente al profesor que habla sobre la ética teleológica de Santo Tomás de Aquino. Ignora toda la explicación. Se duerme. Sueña que Santo Tomás de Aquino le dice"HAZ EL BIEN Y EVITA EL MAL". Para poner en práctica dicho principio, invita a las adolescentes a un gintonic. Éstas fingen estar ocupadas y bajan las escaleras hacia la cafetería. Mono intenta seducir a otras mujeres pero fracasa estrepitosamente, su dialéctica ya no funciona tan bien como en los noventa. Ante la evidente derrota decide tomarse una Coca-Cola en la cafetería mientras lee a Víctor Balcells Matas traducido al checo y busca una nueva presa a la que seducir. A su derecha están sentadas las dos adolescentes, fuman tabaco de liar mientras hablan de la Generación Beat y dan pequeños sorbos a su café expreso. Intenta introducirse en la conversación. -¿Estáis hablando de Gignsberg? ¡Me encanta! Lo conocí en un sueño, me dijo que dejara la bebida y me pasara al peyote. Las adolescentes se ríen y comienzan a seguir su juego. Mono se siente feliz y no puede evitar tener otra erección. Esta vez no se contiene y comienza a masturbarse bajo el libro de Víctor Balcells Matas, en cuya portada sale el autor desnudo e intentando sacar músculo. Las adolescentes hablan ahora sobre Simon de Beauvoir y el gazpacho andaluz. Ninguna de ellas se percata de lo que está sucediendo hasta que Mono comienza a gemir. Nosotros asistimos al espectáculo desde lejos. Las adolescentes lo miran con desprecio, le insultan, cogen sus cosas y se precipitan a la salida. Mono eyacula sobre el papel. Después de aquella tarde, no vuelve a la cafetería. A pesar de estar siempre llena, sólo es capaz de sentir la soledad más profunda.

domingo

Los límites de la realidad


METAFICCIÓN


El infinito campo de los posibles se extiende
y si por casualidad lo real se presentara ante nosotros,
quedaría tan fuera de los posibles que, en un brusco desmayo,
iríamos a dar contra ese muro surgido de repente
Marcel Proust



¿Qué es real y qué no lo es? ¿Cuáles son los límites de la realidad, si es que verdaderamente existe?Eran las seis de la tarde y yo me dirigía a la facultad de Filosofía y letras para preguntar el horario del nuevo curso. Después de un verano exiliada a orillas del Mar Negro, en el lugar donde Ovidio escribió Las Pónticas, decidí coger el metro para volver a escuchar el sonido de los trenes al llegar a las estaciones. Plaza España. Línea amarilla y azul oscuro. De nuevo andares frenéticos, pulsos de minutero y nebulosa, sangre púrpura corriendo por los pasillos. Una vez en el vagón, al igual que Vila-Matas al llegar a París, yo también quise hacerme la intelectual y saqué de mi bolso Pornografía de Wiltod Gombrowicz para continuar leyéndolo. Al terminar la cena doña Amelia se levantó y pasó a las dependencias del servicio, pero los demás, ya animados por el vodka nos quedamos a bromear. Karol reía como un buen muchacho llenando las copas de todo el mundo. Observaré que Amelia cuando volvió se sentó de un modo raro, no tuve tiempo para cavilaciones porque enseguida se cayó al suelo. En el suelo había una mancha roja. (...)Levanté la vista del libro. Fuera de Powórna aún no había muerto nadie. En el vagón imperaba el bullicio de las horas puntas. Continué con mi lectura. Waclaw, el hijo de doña Amelia, agonizaba por la muerte de su madre. En ese preciso instante, mientras la agonía se prolongaba, cuatro cabezas más allá de la mía, un niño comenzó a llorar. -!Ameeeeelia, Ameeeelia!, !Ameeeeelia, Ameeeelia!-gritaba. Sentí un escalofrío. De pronto la ficción superó los límites de la realidad o la realidad superó los de la ficción. Entonces me imaginé que ese niño se llamaba Waclaw y que Waclaw volvía a los cinco años para llorar la muerte de su madre, buscando siempre la pureza. Y no sé por qué, me dio por pensar en que alguien en algún lugar estaría leyendo el mismo capítulo al mismo tiempo y que en el momento del llanto del niño Waclaw, también sintió el escalofrío. Porque después de todo, hacemos de nuestra vida literatura y confundimos la literatura con la vida y acabamos suicidándonos con la palabra, como Pizarnik. ¿Qué es real y qué no lo es? ¿Cuáles son los límites de la realidad, si es que verdaderamente existe? Al llegar a Moncloa hice trasbordo a la línea seis, los demás jóvenes llevaban alcohol en sus mochilas. Querían emborracharse porque habían acabado la Selectividad y la vida ahora, era bella. Subí las escalerillas. Torcí a la derecha. Comencé a caminar. Aún seguía en Powórna.