
La belleza será convulsiva o no será.
Nos citamos en un parque a las afueras de Massachussets. A esa hora sólo permanecían fieles a la noche los borrachos en los bancos y los amantes enraizando sus cuerpos en el suelo fértil. Los secretos temblaban bajo los árboles. También temblaban sus ojos. Tenía miedo y el azul tiritaba. Su boca comenzó a moverse. No me sueltes, la soledad da vértigo- dijo. Pero no dijo eso. Eso sólo era lo que yo quería que él dijese. En su lugar habló de mi belleza y de que la belleza sólo dura lo que dura un orgasmo. Yo no supe qué decir. Me pareció triste ver cómo se alejaba entre los árboles y saber que seguía allí a mi lado, intentando decirme que no habría un lugar de últimas veces. Una mujer que había estado bebiendo en un banco se acercó a pedirme un cigarro. Sólo tengo tabaco de liar y no puedo liarte un cigarro. Me están dejando. Éste debe ser un momento trágico y terrible dentro de mi existencia. La mujer me miró como si no entendiese nada. Ella sólo quería que le liase un cigarro. Está bien, te recitaré una copla nostálgica para que te pudras de dolor tú sola en casa. Y comenzó a cantar Alfonsina y el mar. Yo pensé en la poeta argentina saltando desde una escollera al Mar de Plata, con sus ojos negros clavados en la muerte. Yo no quiero suicidarme. No estoy enamorada- dije. Brindó por ello- me contestó enseguida. Decidí liarle el cigarro en honor a la poesía o a la muerte. Comenzó a contarnos su historia. Vivía en la calle y su mujer iba a morir en una cama blanca de un hospital sin nombre. Ella prefería las noches en los parques, el tabaco ajeno, la textura de los bancos, la luz de las avenidas. Después se llevó la lata de cerveza a la boca y me aseguró que los hombres me harían una esclava y que las mujeres me elevarían hasta séptimo cielo. Lo que le hacía falta a Concha Velasco es probar un coño. Ésta fue su frase final. Dicho esto se levantó de nuestro lado y se dirigió nuevamente hacia su banco. Él y yo nos miramos como si ninguno de los dos fuera ya el mismo después de aquella conversación nocturna. Pero seguíamos allí, mientras el silencio se hacía cada vez más asfixiante y ninguno de los dos encontraba la palabra exacta para despedirse. Un adiós hubiese bastado pero sólo me atreví a pensar en las felices lesbianas, en los finales trágicos, en que ya nada importaba lo suficiente como para no volverse estoico o dejarse llevar por la marea. El amor nos desgarra, nos arrastra hacia el fondo, donde cubre, donde ya no sabemos qué dirección tomar, donde sólo queda el nado y el combate con las olas. El amor nos abandona en los parques, al filo de las latas de cerveza, en la línea oscura de los acantilados. Dicen los románticos que la muerte engulló a Alfonsina mientras ésta se internaba lentamente en el mar. Y tú me hablaste, Alfonsina, porque estabas en las palabras etílicas de aquella mujer ebria. Y murmuraste que me alejase del mar, que huyera lo más lejos posible del mar. Y yo te hice caso, Alfonsina. La belleza será convulsiva o no será.